Este fin de semana estuve en un taller literario con David Miklos. Estaba yo con ganas de volver a escribir, de escribir literatura, vaya, y con ganas de oír lo que tuviera qué decir Miklos sobre la cotidianidad y cómo llevarla a una buena ficción. Así que decidí gastarme 300 bonitos pesos en tres días de taller, de cuatro horas cada uno: 25 pesos por hora =D wow, de esos precios maravillosos que sólo la educación pública y las obligaciones de pertenecer al Sistema Naciona de Creadores te pueden dar.
Hoy era la última sesión, aunque en un principio entendí que sería ayer. No fui. Qué pereza. Sí, pereza, qué pereza. Adiós dinerito, me hubiera comprado un par de libros. Qué pereza, y no lo digo por Miklos-escritor, que me parece bastante bueno y quiero leer más, ni por Miklos-tallerista, que es demasiado tibio, no sabe de ejercicios, careció de solidez conceptual y se limitó a llenarnos de fotocopias y leer en voz alta. No lo digo, tampoco, por la organización que fue funcional y sin percances (casi: la sesión del sábado empezó dos horas tarde y terminó puntual). Lo digo por el enmohecido mecanismo de la “comunidad literaria”: mentar el nombre de Joyce, el de Arreola, el de blablablablabla, ay ay ay el narrador, ay ay ay la anécdota ay ay ay, la gente que he conocido, mis proyectos, mis desgracias, mis opiniones… Y la falta de crítica, u honestidad, no sé qué sea, y no sé que sea peor: nadie declaraba las fallas del otro, todos se soltaban lisonjitas ante textos mal hechotes, ultracursis, carentísimos de originalidad, decimonónicos o fuera de la competencia del tema a tratar… aunque el tema tratar nunca estaba bien claro, tampoco…. No es personal contra nadie de los que asistieron junto conmigo, de veras que no. Pero me enferman esos usos y costumbres de nuestra sociedad arribista, pretenciosa, aspiracional, kitsch…
De hecho hubo un par de personas que me simpatizaron. Otras no, claro. Pero no es personal, lo repito: un taller no debería ser una tertulia social, sino un espacio de trabajo, impersonal, intelectual.
Yuk. Yuk. Yuk. Y ya lo sabía, carajo. Por eso jamás me había metido a un taller. ¿Habrá sido la nostalgia de la facu? Como sea, no lo vuelvo a hacer.
Y ya, pues: esto es un hate-post, y qué. Para leer algo más sesudo y argumentado sobre el mismo fenómeno pero a una escala mayor en la sociedad, lean a Gabriel Zaid.
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P.S.: Por cierto que en la junta editorial de hoy hubo un par de bromas subrayando mi puntillosa preocupación por el precio de los eventos culturales… pues sí, me parece preocupante, tan preocupante como el precio de la canasta básica, porque también es indispensable que nuestra sociedad tercermundista empiece a nutrirse de arte y pensamiento. Y sí, sí me pesan esos 300 pesos que pudieron haber sido una novela interesante, un disco de buena música, un DVD, no sé, algún rico alimento para el alma.