En la ruta con Cortázar

Foto: José María Martínez
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La cátedra Julio Cortázar sabe cómo tratar a sus invitados. El hotel donde se hospeda Saúl Sosnowski es una casa llena de flores y muebles rústicos, con una escalera bordeada de pequeños quinqués. Nos instalamos en el jardín y me transporta de inmediato a a su oficina en la Universidad de Maryland, donde dirige el Centro de estudios latinoamericanos. “Tengo dos cuadros, dibujos a lápiz hechos por estudiantes, y digo que esos son mis santos. Uno de ellos es Cortázar, el otro es Borges. Mira, yo sé que te voy a hablar en superlativo, pero creo que no exagero cuando hablo de él, era una persona de esas que uno hubiera querido que fuera inmortal…”.
“Lo conocí en Oklahoma cuando fue a recibir el premio Neustadt. Había publicado un libro Julio Cortázar: una búsqueda mítica, basado en mi tesis doctoral y se lo mandé, aunque entonces me daba pudor molestarlo. Él me contestó con una de esas notas suyas, porque siempre contestaba… y después de que recibió el premio y dijo unas palabras, me acerqué, me presenté, nos dimos un gran abarazo, y seguimos charlando”.
“Muchos años después empecé a preparar una colección de sus ensayos críticos. Fui a parís y él me abrío las gavetas para que revisara los materiales. Al final esa edición no salió, pero un tiempito después se publicaron los tres tomos de su obra crítica, coordinados por Saúl Yurkievich.”
Quién era albacea de todo lo no publicado ¿cierto? Y que falleció este verano…
Sí… hubo un accidente de coche. Se estaba haciendo la Obra completa para Círculo de lectores y
yo iba a hacer el prólogo a una sección. El otro Saúl iba a hacer una parte y este Saúl iba a hacer otra. Pero después de que él falleció, recibí una carta de su viuda y Aurora Bernardez [la otra albacea] pidiéndome que yo escribiera el prólogo a todo el segmento crítico, cosa que hice.
¿Todavía hay textos inéditos?
Es posible. Después de eso se han encontrado cosas de él, sí. Pero cuánto puede haber de inédito ahora, no lo sé. Inclusive en la Obra completa se incluyeron muchos materiales que se han ido encontrando y que Yurkievich menciona.
Sosnowski tiene experiencia con los prólogos a tomos monumentales, la prueba estaba en la mesilla de la terraza: Lectura crítica de la literatura americana, un volumen titánico en cuatro gordos tomos que publicó Biblioteca Ayacucho en 1996, una selección de textos que muestran los diferentes modos de aproximación teórica y crítica a la literatura latinoamericana. “Lo que yo me propuse fue hacer una historia, mostrar la manera de leer propia de la segunda mitad del siglo XX. Y es un ejercicio periódico, porque hoy ya leemos muchas cosas de manera diferente. Recuerda también una cosa que dijo Borges, cuando el año 2000 estaba muy lejos, antes. Dijo ‘Si yo supiera cómo este libro va a ser leído en el año 2000, sabría como será la literatura del año 2000′. O sea que el énfasis está en el lector, no en el texto. Y esto es algo que Cortázar también elaboró.”
“Él hablaba de lectores cómplices, compañeros de ruta. Mira, si el crítico no es lector, no vale gran cosa. Su trabajo es hacer el mapa, es el que diseña la literatura, el que une los puntos de una constelación. Los escritores no hacen literatura, hacen libros. Pero no veo por qué me tengo que escindir. No niego la disciplina y la mesura, pero prefiero una lectura íntima. Me gustan los libros que me cambian, que me obligan a ver el mundo de otro modo”.
Como el caleidoscopio, me dice después, el caleidoscopio que descrubrí al releer Rayuela para esta serie de encuentros, en el capítulo 56, el último de la Parte de allá. Pretty as patterns can be, sabés, y me recordó otro cuento, “Reunión”, del cual tal vez no tenía que acordarme pero me pareció que era lo mismo, pretty as patterns can be, el Ché en medio de la sierra contemplando las hojas y las luces y se acuerda de Jack London, y para mí que está viendo esos patrones.
¿Ese es el kibbutz?
Como él mismo dice, “kibbutz del deseo” es un término que de pronto te aparece en la cabeza y que no sabes realmente qué quiere decir, hasta que después de un tiempito empieza a tener sentido. Pero un “kibbutz” a secas es otra cosa, ¿vos sabés?
Según sé son comunas fundadas por judíos salidos de Europa central y del este en lo que entonces era Palestina y después fue Israel… ¡pero el entrevistado es usted!
¡Es un diálogo! (risas). Hoy les decía en el curso sobre un texto de Cortázar, Elogio del 3 me parece que se llama, donde él dice que la humanidad empieza con tres, en el sentido de reconocernos en el amor, un amor generoso que va más allá de los dos y se extiende al resto de la humanidad. La ausencia de propiedad privada, la mancomunidad de ideales, un sentido que une a la gente con una meta y propuesta, la prevalencia no del individuo sino el núcleo plural… todos esos elementos tenían que gustarle al llamarlo “kibbutz del deseo”.
En este punto hay cierta confusión ¿se trata de un tema judío?
No, para nada. ¿Te acordás cuando el dice “Porteño, clasemediero, Colegio nacional y esas cosas no se olvidan así nomás”? Pues en mi caso añade lo de judío. Sí, estoy muy marcado por mi ser judío y mi ser argentino. Pero yo trabajé a Cortázar por el lado que correspondía. Yo sé que se confundieron porque me mandaron una descripción del curso diciendo que yo iba a hablar de la influencia del judaísmo, pero en cuanto lo ví les dije “¡Saquen eso!”. No hay ninguna conexión.
¿Y usted cree que Cortázar encontró su kibbutz, que le dió la vuelta al caleidoscopio?
¿A vos qué te parece? Y no me salgas con eso de que el entrevistado soy yo (risas). Mira el nombre de la conferencia: “Cortázar en el cielo”, pero en el cielo de la rayuela, que es en un mismo plano… La pregunta que te haría es ¿importa si lo encontró o no?
Muchos de los motivos que parecen en su obra tienen que ver con túneles, puentes y autopistas, instrumentos de comunicación o incomunicación. Y una de las frases que más me gustan de él es “Un puente no es un puente, es un hombre cruzando el puente, ché”; es decir que lo importante es la participación del ser humano, el trayecto que va cubriendo, la búsqueda que va haciendo. Lo que más importa es cómo vas moviendo el tejo por la rayuela, cuidarte de que no se vaya a salir del dibujo.
Yo no sé si él lo encontró, él lo sabe. Pero de que nos enseñó a jugar literariamente, sí; que nos enseñó a explorar, sí; que nos enseñó a cuestionar, también; que nos mostró que leer debe ser un acto de amor, que se la jugó por su fe en proyectos históricos y no históricos, y que fue increíblemente generoso con la gente, todo eso también. ¿No te parece mucho para una sola persona?