Estoy muy contenta por el nuevo blog. Aún no he comenzado a escribirlo, pero me he estado acomodando a la idea durante estos días de no hacer nada, esta semana entre Navidad y Año Nuevo que para mí misma llamo “limbo” o “como esos cinco días de caos al final del calendario azteca” (“nemotemi”, “los cinco días funestos”, aclara mi hermano, pero nunca me acuerdo de cómo se llaman). No hacer nada también es sacara absolutamente todo del clóset y reacomodar. Tirar cosas. Acordarse de cosas gracias a esas cosas empolvadas arrumbadas durante años. Y tirarlas, junto con el recuerdo ése. Como mi falda de pata de gallo café de la secundaria. Como un bonito suéter de lana que arruiné por lavarlo en casa y no en seco. Como tres blusas y saco negro que tuve la esperanza de volver a teñir alguna vez. Como un montón de materiales para dar masajes que compré para un curso con el que complací a mi madre, preocupada por darme alguna alternativa a esa necedad de las Letras. Como un par de zapatos de charol blanco y plataforma que compré incitada por mis tías y que jamás usé para caminar ni dos metros. Etcétera.
Todo ese tiempo perdido, uno se está haciendo a ideas. Yo, pues, me lo paso haciéndome a ideas. Ridículas, la más de las veces. Una, sobre todas, la más ridícula de todas, y la más peligrosa. Pero no tengo nada empolvado y arrumbado durante años qué meter en la bolsa negra del desecho.
Mientras tanto, debería escribir el nuevo blog. Creo que lo haré ya bien entrada la noche.