A medio camino entre la simple clase y la variedad del reino, los moluscos se reúnen en un filo. Desde ahí ejercen su poder eónico y global, desde las aguas y todas las tierras, desde su cuerpo blando y suave como una bolsa que reúne la totalidad de sus órganos y sus sentidos, desde su castillo de calcio en mil maneras de perfecta espiral, la forma simple de una concha, o la absoluta desnudez.
Se pasan de tentáculo en tentáculo y de pie único en pie único la propiedad de infectar, irritar, hacer granos y pus, enfermar nuestras pieles y nuestros cuerpos; y en venganza los sacamos de sus castillos con tenedores especiales, una vez cocidos y salados, o los partimos en trocitos y los metemos en latas y los mercamos al mayor beneficio: ostiones, almejas, pulpos, mejillones, escargots, ostras, callo de hacha, berberechos…
Pero no siempre han tenido la misma muerte. Hubo un tiempo en que se iban pudriendo solos en sus moradas firmes, sólidas, imperecederas y mineralizadas. Memoria fósil de las eras que no vimos y que ellos ven y siguen viendo en sus desendencias multiplicadas en cien mil especies, como las estrellas en los cielos.
Los moluscos nacen, como es lógico, de sí mismos. Pero «sí mismos» a veces significa uno solo, porque puede darse el caso de que macho y hembra sean la misma cosa que expulsa larvas dóciles, arrulladas por la corriente marina, o que se arrastran milimétricamente entre los pliegues de la madre Tierra con su palacete a cuestas, dejando a su paso el inconfundible sello real de su baba.
Viven y mueren casi al margen del tiempo, entre lo efímero de sus masas viscosas y la corta eternidad de sus perlas engarzadas por la gloria de nuestras realezas, sin darse cuenta, oh moluscos, de lo fácil que es cultivarlos en estanques y alberquillas, de que una y otra vez serán muertas sus generaciones, de que saben mejor crudoscon limón y sal o cocidos con mantequilla, de que más valdría ser humilde plancton o líquen o polvo, y quedarse tranquilos cubriendo en delgadas capas al tiempo y al espacio.
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