Tienes razón. No sabe tan dulce escucharlo a fin de cuentas, pero tienes razón. No vale la pena esperarme, ni retardar las piras. Soy gris y ligera y el aire se va y yo con él. No hago ruido, no puedes de ninguna manera amar el sonido de mí yéndome, ni siquiera me miras en la despedida. Pero no, no es una despedida tanto como nunca hubo tampoco un saludo, ni un beso primero ni nada parecido. Fuimos ésto siempre, nos conocimos siempre y no hay sorpresa contigo, sólo una aceptación liviana y feliz que por ejemplo ahora me lleva a otro aire en la ventisca del invierno.
Sé cuántos días felices imaginaste, y sé que rabiabas de hacerlo, y del cielo gris también, que te embobaba en ilusiones nítidas pero irreales, mea culpa. No es que quiera eximirme otra vez (aunque cada vez menos últimamente) pero bien sabes que es el tiempo estancado de vez en cuando en mis ojos mirándote y aceptando tu sonrisa pálida y tu intuición nata de lo que se supone que no conocías de mí. Así, quise en ti más al contador de historias que al bastión que me ofrecías tan fácil. Estar contigo hubiera sido de lo más fácil. Y de lo más feliz. Una cursilería criticada a cada paso por sus ejecutantes. Habríamos sido tan rosas como las postales ochentenas de los viejos puestos en el centro palpitante de la ciudad. Detesto esas postales (quizá por lo mismo se me meten en las frases) de crepúsculo acapulqueño con palmeras a contra luz, sus siluetas picudas, múltiplemente triangulares… muchísimas tonalidades cálidas detrás, metidas hasta el mar que debía estar fresco y no viejo en su anaquel de vaivenes sucios de peatones.
Estar contigo pudo haber sido una postal empolvada de playa en las arterias oscuras y destellantes de la ciudad vieja. Pero soy idealista, pues. El mar tendría que estar frío en las postales también, creo que sí.
De todas maneras, cómo quisiera despeinarte una buena docena de veces más, sólo para verte intentar la cólera, aunque después tengas que contestar alguna pregunta cotidiana como cuántas veces vomitaste el desayuno en el coche de padre o madre… y seguir la noche contento, cayéndosete la boca de querer besarme y yo riendo contenta de saberlo, pero preguntando al mismo tiempo qué sabes de un tal Barragán que anda de moda en mi imaginario colectivo personal intracefáleo.
Es posible que no sepas qué decir y luzcas entonces tu retórica categórica y capitalina para hacerme sonreír otra vez, y en medio de nuestra mutua confusión verbal aclarar el tema y sus vertientes con un beso breve en tus labios desprevenidos, y ahora empezar la discusión sobre las servilletas de papel y la cubertería de los restoranes, y es que a mí me apasionan las cristalerías y me encantan soberanamente los mobiliarios y las perchas junto a la mesa que traen los meseros para colocar mis bolsas siempre tan grandes y tan llenas.
Sé muy bien, además, que poco te interesan mis conversas desaforadas sobre el dobladillo mal hecho de tu pañuelo y mi indignación ante los falsos bordados y que sonríes abstraído; pero en cuanto voy a decirlo y carcajearme y besarte de nuevo, corre tu lengua a explicar que no es así, que a fin de cuentas cada quién elige su tura y que tienes la esperanza de encontrarme en cualquier lado.
Precisamente por eso es que sólo me encuentras (y mejor y más lúcida y menos feliz, pero más desenvuelta de las telas que suelo fijar con esmero en la piel antes de despertar y salir de la cama, y de la casa, y de la cabeza) cuando no hay lado, aunque esperanza, esa sí.
Y tanto brete y tanto todo para decirte nada más que, bueno… pues, tú no lo sabes. Tú no podrías saberlo, aunque te lo digo ahora, tú mereces todavía un beso y tal vez te lo dé, pero la cosa es que alguien me ha dicho, verás, me ha dicho que ya no estoy.
Ya me fui.

