Son curiosas las veleidades climatológicas que de una espina dorsal pueden surgir con estruendo de fingida electricidad.
Algo hay de dios en las manos que no acarician, para ser exactos, se pasean petulantes y orgullosas, pues son conscientes de la tormenta que hay escondida en la unión todavía virgen de sus dedos y la llanura de piel, arada con cayados más antiguos que las semillas débiles de hilos ancestrales ecerrados en los terruños de nuestras civilizadas pieles.
Un poco nubes, los vaivenes de las diosas amasan una negrura de lluvia exhalada de esa espalda con pocas, muchas curvaturas ansiosas de volverse furia en el poder de unas niñas Olimpo que se divierten de picotear con las yemas un cielo falso de estrellas insinuadas en lo que no parece un invierno.
No han parado la danza, es la música su roce con la lisura del firmamento, el silencio, sus vestidos que no logran inyectar olvido en el horizonte maleable que es su duela. No, por preciosa que sea la ligereza de su abrazo, no, por elástica que sea su expresión, no se olvida la inminencia del trueno que llega, finalmente, en los pellejos halados con sorpresa y con premura repetida siete veces a lo largo de la vía, y en las breves asfixias de la presión contra el suelo.

